Comunità di Sant

Las Fronteras del Di�logo:
religiones y civilizaciones en el nuevo siglo

Encuentro Internacional Hombres y Religiones - Barcelona 2 - 3- 4 de septiembre de 2001


 Domingo 2 de septiembre 2001
Gran Teatre del Liceu, La Rambla
Ceremonia de Inauguraci�n

Laurent Gbagbo
Presidente de la Rep�blica de C�te d'Ivoire

   


Se�oras y Se�ores,

Ante todo quisiera dirigir un saludo a las autoridades espa�olas, y agradecerles por su acogida y por las atenciones de las que somos objeto desde nuestra llegada. Dirijo tambi�n mi saludo a todas las personalidades aqu� presentes, cuyo nivel y diversidad de or�genes, por s� solos, ya constituyen el valor simb�lico de este encuentro.

Perm�tanme rendir homenaje al Profesor Riccardi y a todos los miembros de la Comunidad de Sant�Egidio por la iniciativa de este Encuentro Internacional, que actualmente se encuentra entre las m�s importantes citas de la fraternidad humana. Quisiera dirigirles aqu�, ya que no pude hacerlo en su momento, mis m�s vivas y calurosas felicitaciones por el Premio HOUPHOUET-BOIGNY de la UNESCO por la B�squeda de la Paz, que han recibido este a�o por su acci�n a favor de la paz por todo el mundo.

En este encuentro, que a�na la fe y la acci�n, tengo la esperanza, cada vez m�s viva, de ver c�mo las relaciones entre las personas se inspiran siempre m�s en el ideal de una fraternidad realmente universal. Actualmente los valores de fraternidad y de solidaridad se proclaman por todas partes, inspiran las Cartas magnas de los Derechos humanos y son puestos de relieve, concretamente, por la Organizaci�n de Naciones Unidas, que ha declarado el a�o 2001 �A�o Internacional del Di�logo entre civilizaciones�. Y finalmente, estos valores se imponen cada vez m�s a causa de la mundializaci�n que asocia el destino de las econom�as, de las culturas y de las sociedades; que une el destino de naciones enteras, m�s all� de la historia y la situaci�n geogr�fica.

Pero no es posible ignorar que al mismo tiempo la humanidad est� iniciando una nueva etapa de su historia con muchas heridas abiertas, por las que se entreven densas y vastas zonas de oscuridad...! Son las dificultades de comunicaci�n entre personas de culturas y civilizaciones distintas, pero que cada vez son m�s cercanas e interdependientes, y que comparten un mismo territorio; la imposibilidad de conciliar las posiciones de los adversarios a causa de odios antiguos, que buscan en la evoluci�n misma del mundo nuevas razones para perpetuarse.

Es por este motivo que, si bien soy consciente del gran honor que me conceden al darme la posibilidad de dirigirme a esta asamblea, tambi�n me doy cuenta del alcance y de la dificultad de esta misi�n. Se trata, en efecto, de meditar sobre el futuro de un mundo contradictorio, en el que el esfuerzo de un n�mero cada vez mayor de hombres y mujeres que quieren construir la paz tiene que vencer la resistencia y la habilidad de los que pueden desencadenar la guerra y provocar conflictos.

A esto nos invita el tema del Encuentro Internacional de este a�o : �Las fronteras del di�logo, religiones y culturas en el nuevo siglo�. Se trata de determinar las condiciones y de examinar los nuevos retos de la paz en el mundo desde la ca�da del muro de Berl�n. Este tema encuentra un eco especial en la actualidad en mi pa�s, Costa de Marfil. Nuestra experiencia puede hablar a los dem�s en la medida en que traduce los esfuerzos de un pa�s para salir de una crisis que ha llevado al pa�s al borde del colapso.

Los nuevos retos de la paz

El siglo XX concluy� simb�licamente en 1989 con la ca�da del Muro de Berl�n. Este acontecimiento marc� el final de un mundo, el fin del mundo bipolar, que en Yalta fue dividido entre el Este y el Oeste. Y quisiera aqu� alabar el coraje pol�tico de un hombre que dio a esta transici�n un lenguaje y un car�cter: Mija�l Gorbatchev, el padre de la perestro�ka.

La humanidad ten�a derecho a esperar que, al perder el �ltimo motivo para alimentar la guerra, el mundo al fin unido iba a luchar contra las desigualdades y actuar en la paz. De ah� las manifestaciones de alegr�a con que en todo el mundo fueron acogidos los grandes acontecimientos que han marcado la entrada en el siglo XXI y en el tercer milenio: la liberaci�n de Nelson Mandela, condenado y encarcelado durante 27 a�os en nombre de la guerra fr�a, y el resurgir de las democracias en �frica y en los pa�ses de Europa del Este.

Pero hoy en d�a, mientras se va apagando el clamor de j�bilo que provoc� estos acontecimientos, descubrimos que el mundo no est� m�s unido; que a�n existen las disparidades, antes ocultas, y que siguen ah� las injusticias que antes se toleraban en nombre de la guerra fr�a.

Desde la ca�da del muro de Berl�n el centro de atenci�n de los hombres ya no es el temor ante una guerra mundial, sino el temor a m�ltiples guerras dentro de las fronteras de un pa�s. El temor ante la guerra ha cambiado de objeto e incluso la paz no tiene ya el mismo significado para la mayor�a de la poblaci�n mundial.

Los antagonismos que ponen en peligro la paz en el mundo de hoy tienen como fundamento las disparidades b�sicas que hab�an quedado relegadas a un segundo plano durante medio siglo debido a la oposici�n entre Este y Oeste. Estos antagonismos no nacieron junto con la democracia, que se han apresurado en presentar como la caja de Pandora, sino que estallan en forma de conflicto sobre las ruinas de los reg�menes de partido �nico que los incubaron, despreciando las diferencias.

Estos conflictos que estallan por doquier despu�s de la ca�da del muro de Berl�n tienen unas caracter�sticas particulares. En primer lugar son sobre todo conflictos internos, en los que se oponen facciones rivales compuestas por miembros de un grupo �tnico, o bien de una religi�n o tambi�n personas procedentes de dos o m�s zonas culturales o geogr�ficas. Son guerras fratricidas que dan lugar a horribles genocidios.

Dado que una parte de la poblaci�n se opone a la otra parte, desv�an los ej�rcitos nacionales de su vocaci�n e instalan a los Estados en una situaci�n de inestabilidad cr�nica. Los ej�rcitos africanos, como todos los ej�rcitos convencionales, est�n constituidos para luchar contra otros ej�rcitos, para defender el territorio y los habitantes de un pa�s contra el enemigo procedente del exterior, de otro pa�s. Los conflictos actuales ponen a prueba esta orientaci�n cl�sica.

Las mismas l�neas de la fractura que divide a la sociedad divide tambi�n a los ej�rcitos, de modo que ya no tienen ni la capacidad moral ni los recursos intelectuales para resistir como un solo cuerpo constituido y as� poder defender las instituciones y el Estado. En una guerra civil el ej�rcito es a la vez objeto e instrumento de los antagonistas. El ej�rcito se encuentra dividido y los grupos de militares se apoderan de las armas de la comunidad para defender sus intereses y los de su grupo. Es por este motivo que en �frica los conflictos se pudren.

Sin embargo, el ej�rcito es uno de los ejes de un Estado moderno. La fragilidad de los ej�rcitos africanos, que puede apreciarse cuando estallan los distintos conflictos internos, muestra que lo que a�n no est� consolidado, en �frica, es el Estado mismo. Hoy, de lo que se trata es de salir de este c�rculo construyendo Estados de derecho democr�ticos, fundados en base a la justicia social y el buen gobierno.

Pero esto no ser� suficiente. La estabilidad y la solidez de los Estados no pueden por s� mismas garantizar la paz, sino que hace falta que est�n sostenidas por pol�ticas que tengan por objetivo dar a las poblaciones las condiciones m�nimas para una vida digna de la humanidad.

En efecto, puede observarse que los 49 pa�ses menos desarrollados, los PMA, est�n todos situados en el Sur. De �stos, 33 son africanos, casi el 70 %. Vemos tambi�n que la mayor�a de estos pa�ses sufren una situaci�n de guerra civil declarada o de conflicto larvado. Es el caso de Angola, Burundi, Liberia, Rep�blica Democr�tica del Congo, Ruanda, Sierra Leone, Somalia, etc.

Esto demuestra, si es que hac�a falta demostrarlo, que existe una relaci�n entre la pobreza y la guerra, y que la lucha contra la miseria es una dimensi�n fundamental de la lucha por la paz. En la medida en que son los pa�ses pobres los que padecen situaciones de guerra end�micas, es tambi�n en estos pa�ses y para estos pa�ses que hay que pensar las nuevas soluciones de paz.

El compromiso por la paz a trav�s de la lucha contra la pobreza

El mayor reto al que se enfrenta la humanidad de hoy en d�a es el reto de la pobreza, que condiciona tanto la paz como el desarrollo. Y bien, todos los an�lisis y estudios realizados sobre la evoluci�n del mundo en estos �ltimos a�os muestran que la brecha entre ricos y pobres es cada vez m�s profunda.

Los datos son p�blicos. Se estima que en �frica son m�s de 210 millones las personas que viven con menos de 1 d�lar al d�a. Y si el nivel bruto de asistencia a la escuela primaria llegan a una media de 107 por ciento en los pa�ses ricos, en los pa�ses pobres no llega al 60 por ciento. El nivel de acceso a la sanidad de los pa�ses ricos se sit�a en 74 por ciento, mientras que no llega al 17 por ciento de la poblaci�n en los pa�ses pobres.

Es en estos datos que hay que buscar las razones de la presi�n que ejercen los candidatos a la emigraci�n clandestina en las fronteras de los pa�ses desarrollados. El poder de atracci�n del Norte para los pa�ses del Sur es comparable al que ejerc�a el �mundo libre� sobre las poblaciones de los pa�ses del �bloque sovi�tico� durante la guerra fr�a. Ayer, el muro era visible, materializado en el muro de Berlin, s�mbolo de las divergencias ideol�gicas. Hoy, el muro se sit�a all� donde la esperanza de escapar de la miseria choca contra la imposibilidad, para poblaciones enteras, de acceder a unas mejores condiciones de vida.

Es por este motivo que incluso las m�s duras medidas de lucha contra la inmigraci�n clandestina siempre se encontrar�n con la determinaci�n desesperada de los pobres, para quienes el bienestar est� al otro lado.

Pero no es s�lo la pobreza que opone el norte y el sur. Esta oposici�n recorre todas las sociedades, puesto que todo pa�s tiene su norte y sur. La peculiaridad del Sur, de �frica en especial, es la de acoger a pobres en unos pa�ses pobres, es decir a poblaciones cuya esperanza en una vida mejor se ve puesta en peligro por la incapacidad de los estados para restablecerse.

En este contexto la humanidad est� en regresi�n, y los valores ceden paso a las pasiones. Las religiones y las culturas se convierten en refugios cuya defensa, a veces iniciada incorrectamente, da lugar a conflictos y genocidios espantosos. Ciertas ideas que se cre�an enterradas para siempre vuelven a resurgir y se arma a los ni�os soldado en nombre del integrismo religioso o del antagonismo �tnico.

Es necesario dar un enfoque global de esta crisis que se alimenta de la miseria de los pueblos, y esto por parte de la comunidad internacional. Es ella quien tiene que dar un sentido al compromiso a favor de la paz. Actuar a favor de la paz ya no significa �nicamente acabar con los conflictos ni impedir que dos Estados se enfrenten, sino que significa aceptar el reto de la pobreza en todo el mundo.

Este deber�a ser el papel de una instituci�n como la Organizaci�n de Naciones Unidas. Tendr�a que poder conseguir que cada Estado adopte legislaciones que permitan que todo ser humano, s�lo por el hecho de serlo, pueda disponer de lo m�nimo necesario para su existencia. Tal es el ideal en que se basa la pol�tica que queremos poner en pr�ctica en Costa de Marfil. Esto nos hace ser a�n m�s conscientes de la importancia de la paz y de la reconciliaci�n nacionales, pasos previos indispensables para aplicar una pol�tica de desarrollo equilibrado. Este es el proceso en el que el pa�s est� sumergido, despu�s de un periodo de incertidumbre.

El camino de la esperanza

Actualmente hemos dejado atr�s la crisis. Despu�s de unos acontecimientos inhabituales que sufri� nuestro pa�s, entre fin de 1999 y principios del 2001, estamos organizando un Foro de la reconciliaci�n, que ser� el contexto de un debate en profundidad sobre el estado de la Naci�n.

No hay pa�s en el mundo cuya historia se haya desarrollado uniformemente, sin sobresaltos. Los pa�ses no progresan porque no sufren crisis, sino porque progresan porque consiguen superar sus crisis con medios pac�ficos, en el respeto a las reglas que libremente se han impuesto.

En este sentido cada pa�s es un paradigma del que los dem�s pueden inspirarse para su propia construcci�n. Lo que hoy est� en juego en Costa de Marfil tambi�n est� en juego en un plano universal, ya que, all� como en cualquier otra parte, siempre se trata de salvaguardar el pa�s, de no poner en peligro irremisiblemente las oportunidades de paz, las oportunidades de la poblaci�n para salir adelante.

As� pues, quisiera situar bajo el signo de la esperanza el Foro que pronto se inaugurar� en Costa de Marfil. Podemos no estar de acuerdo, pero incluso en la mayor de las adversidades, todos tienen que poder mantener encendida la llama de cierto tipo de esperanza: �sin esperanza nunca daremos con lo inesperado�.

Durante los largos a�os en los que hemos luchado contra el partido �nico, por una transici�n democr�tica pac�fica en Costa de Marfil, nuestra esperanza consist�a en un combate sin odio, aceptando la parte de sufrimiento que exige nuestro ideal. No se trata de ser insensible al dolor, el propio y el de los dem�s, de los compa�eros que comparten nuestro ideal y que acaban sufriendo las mismas privaciones, sino de comprender que nadie tiene derecho a culpar al ni�o de los dolores del parto.

Es por esto que estimamos que el juicio que actualmente se hace a Costa de Marfil y a su pueblo es un juicio injusto, nos imputa justamente aquello contra lo que siempre hemos luchado, y utiliza este pretexto para poner el pa�s al margen de la comunidad internacional. No podemos admitirlo, y no lo admitimos.

Nuestro pueblo nos ha dado la misi�n de hacer crecer la democracia que ha conquistado con su lucha, un precio pagado con cientos de vidas humanas. Queremos construir el Estado de derecho, a fin de acabar con cualquier motivo que justifique el recurso a la fuerza para la soluci�n de conflictos. Es el reto del proceso de reconciliaci�n en el que se adentra el pa�s. Para recorrer este camino Costa de Marfil necesita la colaboraci�n de todas las personas de buena voluntad. Entre estas, las organizaciones para la defensa de los derechos humanos tienen una responsabilidad especial. Tienen que salvaguardar su credibilidad persiguiendo valores universales, sin perder de vista la complejidad del mundo real.

Estamos hablando de sociedades fr�giles, de Estados d�biles, especialmente en �frica, d�biles por sus econom�as, sus organizaciones sociales y pol�ticas. Basta una nimiedad, una chispa para que se encienda un fuego que arrasa muchas posesiones, muchas esperanzas y muchas vidas. All�, m�s que en ninguna parte, la paz es fr�gil y no puede sobrevivir sin el compromiso y la mediaci�n de hombres y mujeres motivados por el amor al pr�jimo, es decir, por la generosidad, que est� en la base de todas las religiones.

Ciertamente, en el mundo contempor�neo hay muchos factores que obstaculizan la influencia pacificadora de la religi�n. Pero existe una aut�ntica exigencia �tica de solidaridad. Esta exigencia es m�s imperiosa todav�a al proceder de un contexto caracterizado por la p�rdida de los puntos de referencia.

En este contexto tambi�n se trata de devolver su fuerza a la invocaci�n de la fe, pues la fe siempre puede mover monta�as.

Muchas gracias.