Quiero agradecer a la Comunidad de San Egidio que vaya reiterando anualmente con estos encuentros el recuerdo de oraci�n, de di�logo ecum�nico y de paz de aquel inmemorable As�s. Agradezco tambi�n que sus responsables me hayan invitado para participar en esta mesa redonda.
La pregunta de esta mesa redonda es muy actual porque Europa tiene futuro. Juan Pablo II, en su discurso al Cuerpo Diplom�tico del a�o 1990, ya manifestaba que �parece que ante nuestros ojos renace una Europa del esp�ritu, modelando del perfil de los valores y de los s�mbolos que la configuraron, de la tradici�n cristiana que une a todos sus pueblos� (Observatore Romano, 14 de enero de 1990, p�g. 6). El imperativo social y pol�tico m�s f�cil de expresar es el de la construcci�n de la nueva Europa. El momento es propicio. Hay que recoger las piedras de los muros derrumbados y construir con ellos una casa com�n.
Para responder a c�mo construir el futuro de Europa, hay que partir de un diagn�stico de la realidad europea actual. Abundan los documentes sobre este particular. Me remito al diagn�stico reciente y muy actual que ofrece Juan Pablo II en su exhortaci�n Apost�lica Ecclesia in Europa, de 28 de junio de 2003. Este diagn�stico es fruto de las aportaciones de obispos de toda Europa reunidos en S�nodo. Se describe diversos signos que ofuscan la esperanza en nuestro continente europeo, como la p�rdida de la memoria y de la herencia cristianas, unida a un agnosticismo pr�ctico e indiferencia religiosa, el miedo para afrontar el futuro y una antropolog�a sin Dios. El olvido de Dios ha llevado al abandono del hombre. La cultura europea viene a ser una apostas�a silenciosa por parte del hombre autosuficiente que vive como si Dios no existiera. La esperanza reducida al �mbito intramundano cerrado a la trascendencia es identificada con el para�so prometido por la ciencia y la t�cnica, o con formas de mesianismo, con el hedonismo y consumismo o con diversas corrientes del New Age (cf. N. 7-10).
Pero hay signos de esperanza, habi�ndose recuperado la libertad de la Iglesia en la Europa del Este, la concentraci�n de la Iglesia en su misi�n espiritual dando la primac�a a la evangelizaci�n, la reconciliaci�n entre pa�ses durante largo tiempo hostiles y enemigos y el proceso creciente de una cultura, mas a�n, de una conciencia europea. (cf. N. 11-12).
Tenemos muy presente que la Uni�n Europea, en fase a�n de crecimiento, ha experimentado en alg�n pa�s miembro (Francia y Holanda) un serio rev�s al no aceptarse el Tratado Constitucional sujeto a refer�ndum. Es m�s, la reunificaci�n europea no ha llegado a los ciudadanos europeos, lo que motiv� hace unos a�os la publicaci�n de un Libro Blanco por parte de la Comisi�n Europea para acercar las instituciones de la Uni�n a los europeos.
Ya se ha hecho algo realmente importante en el camino de la unificaci�n de Europa. Europa vuelve a respirar con los dos pulmones, el de la tradici�n oriental y el de la tradici�n occidental. La Uni�n Europea es ya una realidad institucional que va desde el Atl�ntico a los Urales, desde el Mar del Norte al Mediterr�neo. Son llamados a formar parte de ella todos los pa�ses que comparten su misma herencia fundamental.
El proyecto de rejuvenecer y dar futuro a este nuestro viejo continente pasa hoy por la Uni�n Europea. El suspenso de algunos pa�ses al Tratado constitucional puede convertirse en la oportunidad de retomar el debate sobre la Europa que queremos. Tenemos que romper con una mentalidad est�tica de la que se nutre la pol�tica comunitaria: cu�ntos votos le tocan a cada pa�s, cu�nto se paga, cu�nto se recibe, etc. Hay un problema urgente que incumbe a todos y es la reforma del sistema econ�mico y social. Las cuestiones del trabajo, la familia y el desarrollo demogr�fico no pueden quedar exclusivamente en manos de cada Estado. Estos son los problemas que preocupan al ciudadano europeo. El futuro de Europa, el futuro de la Uni�n Europea no puede ser una mera continuaci�n del proyecto europe�sta de los a�os cincuenta. De cara al futuro deber�amos volver a preguntarnos sobre las cuestiones fundamentales de la construcci�n europea: por qu� queremos vivir unidos y c�mo pensamos hacerlo. Las razones no son puramente econ�micas o pol�ticas: somos una comunidad hist�rica que tiene algo que decir al mundo.
En estos momentos constitucionales, la Uni�n ha de tener presentes los desaf�os actuales y ha de construirse con un esp�ritu que est� informado, entre otros, por estos contenidos:
1 � Hay que construir una Europa unida a trav�s del redescubrimiento de sus ra�ces cristianas. Ortega y Gasset dec�a que Europa m�s que un continente es un contenido. Es preciso reconocer el dato hist�rico de que la unidad de los pueblos europeos se funda sobre la fe cristiana com�n. Hasta tal punto esto es as�, que la identidad europea resulta incomprensible sin el cristianismo que la anima. La historia de la fundaci�n de las naciones europeas discurre paralelamente a la de la evangelizaci�n. Goethe afirmaba que �la conciencia de Europa se alumbr� peregrinando� a los grandes santuarios, especialmente por el camino de Santiago. Hemos de tener una conciencia renovada de la necesidad de continuar recibiendo de la m�dula del Evangelio los valores que constituyen el s�lido fundamento sobre el que edificar la �casa com�n� europea, en una relaci�n correcta con el Juda�smo y el Islam.
El Cardenal Ratzinger afirmaba que para los padres de la unificaci�n europea de despu�s de la devastaci�n de la segunda guerra mundial � Adenauer, Schuman y De Gasperi- exist�a un fundamento de la identidad de Europa con futuro que consiste en la herencia cristiana. Si el substrato religioso de Europa, a pesar de su evoluci�n y de su pluralismo actual, fuese marginado en su papel inspirador de la �tica y en su eficacia social, se negar�a toda la herencia del pasado europeo, incidir�a muy negativamente en el futuro digno del hombre europeo creyente o no creyente y a la vez habr�a el riesgo de hacer una casa com�n cerrada en si misma, olvidando su solidaridad con los otros pueblos del mundo. (Cf. Europa, pol�tica y religi�n. Los fundamentos espirituales de la cultura europea de ayer, hoy y ma�ana, conferencia pronunciada en le Delegaci�n de Baviera a Berl�n: �Alfa y Omega�, de 3 de enero de 2002, N. 4). Europa busca con ansia sus ra�ces a pesar de que est� abierta al futuro que viene te�ido de globalizaci�n. El europeo percibe instintivamente que su identidad corre el riesgo de escap�rsele y experimenta un sentimiento confuso de perder el alma.
2 � Es preciso ir en pos de una Europa cuya unidad se proyecte hac�a un horizonte planetario. Se requiere tomar conciencia de que la unidad europea es s�lo una etapa fundamental, ineludible, hacia una meta que hay que conseguir y que consiste en la unificaci�n y pacificaci�n de todo el mundo. Europa ha de ser solidaria especialmente respecto de los pa�ses pobres del mundo. Ella ha de tener un papel relevante en el dialogo Norte-Sur.
La casa com�n europea no puede y no debe ser construida a costa de los pa�ses de Asia, de �frica, de Am�rica Central y de Am�rica Latina. Debe, por el contrario, convertirse en parte activa en la promoci�n y realizaci�n de una globalizaci�n �en la� solidaridad y �de la� solidaridad. Adem�s, Europa ha de comprometerse incansablemente en construir la paz dentro de sus fronteras y en todo el mundo.
Europa es receptora de inmigraci�n especialmente de pa�ses africanos y sudamericanos. Ante este fen�meno en auge, conviene plantearse la recomendaci�n del Concilio Vaticano II, que es preferible emigrar capitales que emigrar personas.
3 � En esta �ptica � como ya lo afirmaba Juan Pablo II en su discurso al Parlamento europeo de 1988- Europa unida deber�a volver ha hacerse con el papel de gu�a, particularmente a tres niveles: la reconciliaci�n del hombre con la creaci�n, con sus semejantes y consigo mismo.
Antes que nada, se trata de reconciliar al hombre con la creaci�n, vigilando sobre la preservaci�n de la naturaleza. Hay que cuidar de su fauna y de su flora, de su aire y de sus r�os, de sus sutiles equilibrios, de sus recursos limitados, de su belleza que alaba la gloria del Creador.
As� mismo urge reconciliar el hombre con sus semejantes. Es preciso que se acepten los unos a los otros como europeos de diversas tradiciones culturales o corrientes de pensamiento, acogiendo a los extranjeros y refugiados, abri�ndose a las riquezas espirituales de los pueblos de otros continentes.
Finalmente, es necesario reconciliar el hombre consigo mismo. Hay que trabajar por la reconstrucci�n de una visi�n integral y completa del hombre y del mundo, frente a culturas de la sospecha y de la deshumanizaci�n. Hay que promover una visi�n en la que la ciencia, la capacidad t�cnica y el arte no excluyan, sino que susciten, la fe en Dios.
En el Documento final de la asamblea ecum�nica de Basilea, se dice que �todos los pueblos y los estados europeos comparten un fundamento com�n, en su historia, en su herencia cultural, en sus valores� Europa no debe reducirse a una parte de ella misma. En una casa com�n hay responsabilidades comunes. No es de recibo que algunas partes vivan en un atraso cada vez mayor, mientras que otras nadan en la opulencia. En una casa com�n, la vida est� guiada por el esp�ritu de colaboraci�n, no por la competencia�. (A. Filippi, Verso un�ecologia dello spirito, en Basilea, giustizia e pace. Bolonia 1989, N. 66-67)
4 � Es preciso aplicarse con todas las fuerzas en individuar, reconocer y realizar eso que ha sido llamado en los documentos de los �ltimos Pont�fices sobre Europa el bien com�n europeo. El t�rmino es importante, ya que indica que este bien com�n europeo existe y, por lo mismo, debe realizarse tambi�n con el sacrificio de algunas realidades de los Estados. Juan XXIII afirmaba de este bien com�n europeo que �por su misma definici�n es uno y universal y no podr�a favorecer a una naci�n o a un grupo social en detrimento de los dem�s�. (Carta del Secretario de Estado A. G. Cicognani al Presidente de la XLIX Semana Social de Francia, Estrasburgo 17/22 julio 1962).
5 � En la construcci�n de la nueva Europa han de participar tambi�n todos los cristianos del continente. En referencia a los temas de la misi�n y de la evangelizaci�n, se pide a nuestras Iglesias europeas que contin�en siendo testigos de autentica adhesi�n al Evangelio, a fin de que, en los dem�s continentes, el Evangelio pueda ser anunciado y vivido como garant�a de genuina liberaci�n y de verdadera plenitud humana. Hoy la evangelizaci�n del mundo se halla de alg�n modo ligada a la reevangelizaci�n de nuestro continente. A nosotros nos toca demostrar que es posible vivir en una sociedad altamente tecnificada y sociol�gicamente secularizada, no solo sin renegar de la fe cristiana, sino experimentando su sentido dentro de la situaci�n contempor�nea. Europa deber�a ser capaz de ofrecer a todo el mundo una nueva contribuci�n de sabidur�a, la que brota de aquella cultura milenaria que la sabia vital cristiana ha contribuido a madurar en el curso de los siglos.
La Carta Ecum�nica de la KEK y de la COMECE, de 22 de abril de 2001, afirma que �sin valores comunes, la unidad no se conseguir� de manera duradera. Estamos convencidos de que la herencia del cristianismo es fuerza de rica inspiraci�n para Europa�. (III, N. 7).
6 � El viejo continente contin�a necesitando de Jesucristo para no quedarse sin alma y no perder aquello que lo ha hecho grande en el pasado y que hoy contin�a suscitando admiraci�n entre los pueblos. Juan Pablo II, en su exhortaci�n apost�lica Ecclesia in Europa afirma que �la Iglesia ha de ofrecer a Europa el bien mas precioso y que nadie m�s puede darle: la fe en Jesucristo, fuente de esperanza que no defrauda, don que est� al origen de la unidad espiritual y cultural de los pueblos europeos, y que a�n hoy y en el futuro puede ser una contribuci�n esencial a su desarrollo y a su integraci�n�. (N.18).
El reconocimiento de los valores y del patrimonio religioso de Europa no constituye un elemento de oposici�n o de exclusi�n. El hecho de ignorarlos ser�a una mutaci�n de la historia y una amputaci�n del patrimonio espiritual sobre el que se basan la dignidad y los derechos de la persona que han de ser centrales en la futura Constituci�n europea.
El Cardenal Martini se plantea como armonizar el bienestar econ�mico, la cohesi�n social y la libertad pol�tica y encuentra la soluci�n en el hombre y en la realizaci�n de las relaciones interhumanas. Esto es algo muy profundo, algo que puede llevarnos a la unidad (Cf. Sue�o una Europa del esp�ritu, Madrid 2000, 204). La s�ntesis arm�nica de aquellos tres elementos est� al servicio del hombre, de su dignidad y de su vocaci�n. Consiguientemente, se trata de que nos interroguemos sobre el tipo de sociedad europea que hoy se adecue a tal prop�sito. Delhors ha hecho hincapi� en que �el tema central, tanto para la reflexi�n como para la acci�n colectiva, gira en torno a la reconstrucci�n de la sociedad�.
7 � El futuro de Europa depender� fundamentalmente del hecho que los ciudadanos de la Uni�n Europea conciban esta instituci�n como una comunidad de valores que les invite a participar y contribuir plenamente en todos los niveles. Los valores sobre los cuales se fundamenta una comunidad transcienden las decisiones particulares de car�cter pol�tico o legal. (Cf. Ll. Mart�nez Sistach. Les Esgl�sies i les comunitats religioses en la futura Constituci� Europea, en �Analecta sacra Tarraconensia� 76 (2003) 15).
Adem�s de lo que se ha dicho, �qu� compete a las Iglesias en cuanto tales, es decir, en cuanto portadoras del Evangelio en el proceso de construcci�n de Europa? Se�alar� cinco actitudes:
1) Antes de nada, tenemos la necesidad de realizar actos valientes de perd�n y de reconciliaci�n. Las divisiones pasadas no se borran de repente. Sin una voluntad valiente de olvidar injurias y razones de desencuentro, no se puede proceder con serenidad y seguridad.
2) La acogida a la vida y al que viene de lejos. Tenemos el declive demogr�fico que caracteriza a una gran parte de nuestros pa�ses. Es necesario que los europeos se despierten y restituyan a la familia su valor de elemento primario en la vida social, que sepan crear las condiciones favorables para su estabilidad y que le permitan acoger y dar la vida con generosidad.
La acogida al inmigrante. La inmigraci�n es una realidad creciente en muchos pa�ses europeos. Es preciso una pol�tica de cohesi�n social por el respeto a la persona, si no queremos encontrarnos en un futuro ante bolsas de poblaci�n no integrable en el proyecto de la casa com�n europea.
3) La gratitud que es la capacidad que uno tiene de contemplar algo como un don recibido que hay que guardar con cuidado. Los dones que cada pueblo tiene ha de comunicarlos y ofrecerlos a los otros pueblos para el mutuo enriquecimiento. Tambi�n el fen�meno de la inmigraci�n en los pa�ses europeos deber�a verse con esta misma actitud.
4) La solidaridad. La Europa en la que vivimos y la que estamos construyendo es una realidad en la que el fen�meno de la interdependencia a todos los niveles se manifiesta con gran fuerza. La solidaridad es aquel suplemento de alma de la que toda acci�n social y pol�tica, as� como toda empresa econ�mica, tienen intr�nseca necesidad, si desean de verdad estar al servicio de todos los hombres y de todo el hombre. De esta forma, se nos remite al hombre y a su dignidad integral, que residen en ser la imagen y la semejanza de Dios.
5) Todo este movimiento de solidaridad, fundado en el respeto del hombre y de su dignidad, requiere y pide tambi�n la creatividad. Esta creatividad es participaci�n de la actuaci�n creativa de Dios. Se trata de obedecer al mandamiento fundamental: ��Creced y multiplicaos, llenad la tierra y sometedla!� (G�n 1.28). Es tambi�n obediencia al mandado de custodiar el talento y comerciar con �l (Cf. Mt 25, 14ss)
�Nos encaminamos hac�a una nueva juventud de Europa? Hasta hace alg�n tiempo parec�a indiscutible el declive del viejo continente. Hoy, tambi�n como consecuencia de los cambios por todos conocidos, Europa parece caracterizada por una nueva juventud, capaz de expresar otra vez y de calificar de modo in�dito aquello que Pablo VI llam� su �misi�n hist�rica�.
El Cardenal Lustiger ha afirmado que �el cristianismo tiene un deber respecto de la construcci�n europea que es posible ilustrar de manera metaf�rica haciendo referencia al papel que Ezequiel da al r�o de agua viva en el desierto. El reto no est� en reconocer el papel hist�rico del cristianismo, sino en el hecho de que �ste r�o continu� regenerando el desierto�. (�L�Avvenire�, de 26 de junio de 2002).
La Europa unida y futura necesita un alma. Es urgente un trabajo serio de nueva evangelizaci�n de Europa. Los cristianos hemos de proponer la fe y ayudar a vivirla en medio de la sociedad secularizada. Es toda Europa la que tiene necesidad de salir del olvido de Dios para reencontrar el centro profundo de su identidad m�s que milenaria.