Meditación para la Semana de la Unidad
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Jesús, mirando a sus discípulos, en el momento de dejarlos, rezó "para que todos sean uno". Tiempo atrás había dicho: "Yo y el Padre somos uno". Quizás mirándoles a la cara se había dado cuenta de lo distintos que eran y de cómo eso podía dividirlos. Y luego, cuando lo arrestaron, Jesús reveló su sueño y la esperanza que tenía para sus discípulos: "que todos sean uno". Al igual que Dios, Padre Todopoderoso, Señor del mundo, es uno con Jesús de Nazaret, reza para que también sus discípulos entren en la unidad de esta familia. ¡Que todos sean uno!
Sin embargo los cristianos estamos divididos. Nuestras iglesias y comunidades están divididas. No solo son distintas. Son distintas en los cantos, en las formas de oración, en la manera de vivir. Muchos fieles no sabrían explicar por qué estas comunidades y estas iglesias están divididas.
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Detalle del icono de los testimonios de la fe del siglo XX, Basílica de San Bartolomé en la isla Tiberina, Roma |
Se podría decir que la responsabilidad de estas divisiones y de muchas incomprensiones son cosa de personajes del pasado y de momentos lejanos de la historia. |
Un día entró el espíritu de división. Y las divisiones todavía continúan entre nosotros.
Jesús rezó por nosotros porque las divisiones están en nuestro corazón. No son teología, sino la actitud de unos hacia otros.
Muchas veces también nosotros somos actores de la división, de la insensibilidad y de la incomprensión. Por eso se nos pide que respondamos a la oración de Jesús para que todos seamos uno: se nos pide que respondamos en nuestra vida, cada día. Pero ¿cómo?
Renunciemos a la prepotente dictadura de nuestro yo, al cálculo, a la insensibilidad... Renunciemos a la ignorancia del otro: a vivir sin amor. Todos tenemos que convertirnos al amor, quitándonos el mundo viejo y consolidado que tenemos dentro, la coraza que aleja y agrede. Todos tenemos que convertirnos con una oración fuerte a Jesús, Señor nuestro, que nos ha amado y nos abre la vida del amor. Se lee en la primera carta de Juan:
"Si uno confiesa que Jesús es el Hijo de Dios, Dios mora en él y él en Dios. Y nosotros hemos conocido y hemos creído en el amor que Dios nos tiene. Dios es Amor: y el que permanece en el amor permanece en Dios y Dios en él” (1 Jn 4,15-16).
Todos somos llamados a reparar las grandes fracturas del mundo, de la vida de cada día, de nuestros ambientes: las que dividen a simpáticos y a antipáticos, a ricos y a pobres, a cultos y a ignorantes, a hombres y a mujeres, a una etnia de otra, a un grupo de otro, al mío del suyo, a los míos de los demás, a los cristianos de otros cristianos, a los cristianos de los judíos, a los cristianos de los musulmanes... El camino que recorremos está lleno de estas fracturas. Nuestra casa tiene estas fracturas. Nuestro lugar de trabajo tiene estas fracturas. Estamos llamados a repararlas con el amor. No hagamos la guerra a nadie con nuestras armas, en este tiempo de guerra para el mundo.
En este mundo difícil, venzamos el mal con el bien: con el bien del amor, con el bien de la oración, con el bien de la esperanza, aquella esperanza en el Señor Jesús que siempre nos escucha, que vendrá pronto y nos dará la paz.
Somos uno en el amor: hagamos un pacto de amor el uno con el otro. Somos distintos en historia, lengua, espiritualidad, costumbres, aspecto... Seamos los creyentes uno en el amor. Seamos los cristianos uno y el amor vencerá al odio y la guerra.
De este amor surgirá una fuerza de unidad. En la liturgia bizantina, antes de recitar la profesión de fe (el Credo) el diácono dice:
“Amémonos unos a otros para profesar nuestra fe en unidad de espíritu”.
Sí, en esta Semana de la Unidad, empecemos a amarnos de verdad, para que podamos profesar la misma fe en unidad de espíritu.
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