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Misa del domingo de Ramos 2010


 
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Primera Lectura

Isaías 50,4-7

El Señor Yahveh me ha dado
lengua de discípulo,
para que haga saber al cansado
una palabra alentadora.
Mañana tras mañana despierta mi oído,
para escuchar como los discípulos; el Señor Yahveh me ha abierto el oído.
Y yo no me resistí,
ni me hice atrás. Ofrecí mis espaldas a los que me golpeaban,
mis mejillas a los que mesaban mi barba.
Mi rostro no hurté
a los insultos y salivazos. Pues que Yahveh habría de ayudarme
para que no fuese insultado,
por eso puse mi cara como el pedernal,
a sabiendas de que no quedaría avergonzado.

Salmo responsorial

 

Salmo 21 (22)

Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?
¡lejos de mi salvación la voz de mis rugidos!

Dios mío, de día clamo, y no respondes,
también de noche, no hay silencio para mí.

¡Mas tú eres el Santo,
que moras en las laudes de Israel!

En ti esperaron nuestros padres,
esperaron y tú los liberaste;

a ti clamaron, y salieron salvos,
en ti esperaron, y nunca quedaron confundidos.

Y yo, gusano, que no hombre,
vergüenza del vulgo, asco del pueblo,

todos los que me ven de mí se mofan,
tuercen los labios, menean la cabeza:

Se confió a Yahveh, ¡pues que él le libre,
que le salve, puesto que le ama!

Sí, tú del vientre me sacaste,
me diste confianza a los pechos de mi madre;

a ti fui entregado cuando salí del seno,
desde el vientre de mi madre eres tú mi Dios.

¡No andes lejos de mí, que la angustia está cerca,
no hay para mí socorro!

Novillos innumerables me rodean,
acósanme los toros de Basán;

ávidos abren contra mí sus fauces;
leones que desgarran y rugen.

Como el agua me derramo,
todos mis huesos se dislocan,
mi corazón se vuelve como cera,
se me derrite entre mis entrañas.

Está seco mi paladar como una teja
y mi lengua pegada a mi garganta;
tú me sumes en el polvo de la muerte.

Perros innumerables me rodean,
una banda de malvados me acorrala
como para prender mis manos y mis pies.

Puedo contar todos mis huesos;
ellos me observan y me miran,

repártense entre sí mis vestiduras
y se sortean mi túnica.

¡Mas tú, Yahveh, no te estés lejos,
corre en mi ayuda, oh fuerza mía,

libra mi alma de la espada,
mi única de las garras del perro;

sálvame de las fauces del león,
y mi pobre ser de los cuernos de los búfalos!

¡Anunciaré tu nombre a mis hermanos,
en medio de la asamblea te alabaré!:

Los que a Yahveh teméis, dadle alabanza,
raza toda de Jacob, glorificadle,
temedle, raza toda de Israel.

Porque no ha despreciado
ni ha desdeñado la miseria del mísero;
no le ocultó su rostro,
mas cuando le invocaba le escuchó.

De ti viene mi alabanza en la gran asamblea,
mis votos cumpliré ante los que le temen.

" Los pobres comerán, quedarán hartos,
los que buscan a Yahveh le alabarán:
""¡Viva por siempre vuestro corazón!"""

Le recordarán y volverán a Yahveh todos los confines de la tierra,
ante él se postrarán todas las familias de las gentes.

Que es de Yahveh el imperio, del señor de las naciones.

Ante él solo se postrarán todos los poderosos de la tierra,
ante él se doblarán cuantos bajan al polvo.
Y para aquél que ya no viva,

le servirá su descendencia:
ella hablará del Señor a la edad

venidera,
contará su justicia al pueblo por nacer:
Esto hizo él.

Segunda Lectura

Filipenses 2,6-11

El cual, siendo de condición divina,
no retuvo ávidamente
el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo
tomando condición de siervo
haciéndose semejante a los hombres
y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo,
obedeciendo hasta la muerte
y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó
y le otorgó el Nombre,
que está sobre todo nombre. Para que al nombre de Jesús
toda rodilla se doble
en los cielos, en la tierra y en los abismos, y toda lengua confiese
que Cristo Jesús es SEÑOR
para gloria de Dios Padre.

Lectura del Evangelio

Lucas 22,14-23.56

Cuando llegó la hora, se puso a la mesa con los apóstoles; y les dijo: «Con ansia he deseado comer esta Pascua con vosotros antes de padecer; porque os digo que ya no la comeré más hasta que halle su cumplimiento en el Reino de Dios.» Y recibiendo una copa, dadas las gracias, dijo: «Tomad esto y repartidlo entre vosotros; porque os digo que, a partir de este momento, no beberé del producto de la vid hasta que llegue el Reino de Dios.» Tomó luego pan, y, dadas las gracias, lo partió y se lo dio diciendo: Este es mi cuerpo que es entregado por vosotros; haced esto en recuerdo mío.» De igual modo, después de cenar, la copa, diciendo: «Esta copa es la Nueva Alianza en mi sangre, que es derramada por vosotros. «Pero la mano del que me entrega está aquí conmigo sobre la mesa. Porque el Hijo del hombre se marcha según está determinado. Pero, ¡ay de aquel por quien es entregado!» Entonces se pusieron a discutir entre sí quién de ellos sería el que iba a hacer aquello. Una criada, al verle sentado junto a la lumbre, se le quedó mirando y dijo: «Este también estaba con él.»

Homilía

 

Jesús marchaba por delante subiendo a Jerusalén (Lc 19, 28). Esta frase evangélica que abre la narración de la entrada de Jesús en Jerusalén resume bien nuestro camino cuaresmal, pero también el de la vida. La semana que viene se llama santa con motivo del recuerdo de aquellos días en los que se ha visto el mayor amor hacia los hombres. Es sabio, aunque estemos inmersos en nuestros problemas, dejarnos implicar en los dramáticos sentimientos que marcan los últimos días de Jesús. Son sentimientos que no encontramos en nosotros; sólo podemos recibirlos. Por ello estos días son una gracia que no debemos perder: nuestros ojos podrán contemplar hasta qué punto el Señor nos ha amado.

El Domingo de Ramos, que abre esta grande y santa Semana, está marcado al mismo tiempo por la entrada de Jesús en Jerusalén y por la narración de su pasión y muerte. La liturgia, reuniendo en una única celebración estos dos acontecimientos temporalmente distintos, parece querer quitar de nuestra mente todo equívoco acerca del triunfo de Jesús: entra como un rey, pero es un rey distinto a los de este mundo. Reina desde un trono que no es como el de los palacios; no vence con los ejércitos o con las alianzas, y tampoco se afirma con su numeroso y fuerte grupo de presión. Jesús mismo deshace este equívoco surgido entre los discípulos justo la tarde del Jueves Santo. Replegados sobre ellos mismos, y por ello insensibles al drama que estaba viviendo Jesús, se pusieron a discutir quién entre ellos era el más grande. Con una infinita paciencia, Jesús les dijo: "Los reyes de las naciones las dominan como señores absolutos, y los que ejercen el poder sobre ellas se hacen llamar bienhechores pero no así vosotros, sino que el mayor entre vosotros sea como el más joven y el que gobierna como el que sirve".

No eran sólo palabras de consuelo, al cabo de pocas horas Jesús experimentó en su propia carne, hasta las consecuencias más extremas, aquellas palabras. Por otra parte la historia de la pasión es muy sencilla: había un hombre bueno que hablaba del Evangelio, tanto en la pobre Galilea de mala reputación como en la capital, Jerusalén, y muchos acudían a escucharle. En un momento dado los poderosos decidieron que había hablado demasiado y que mucha gente le escuchaba. Tomaron la decisión de hacerle callar; encontraron a un amigo suyo que les indicó con exactitud el lugar donde se retiraba habitualmente: un huerto a las puertas de Jerusalén. Aquella tarde estaba allí con los suyos, lo tomaron y lo llevaron ante las supremas autoridades: Pilatos, el representante del mayor imperio del mundo, y Herodes, el rey astuto. Pero ninguno de los dos quiso responsabilizarse de aquel hombre. La multitud, que sólo cinco días antes había gritado "hosanna", se puso a gritar "crucifícale, crucifícale", y Pilatos no supo resistir. Aquel hombre, después de haber sido vestido con vestimentas de rey por burla, fue torturado, abofeteado, coronado con espinas; luego fue conducido fuera de la ciudad (también para nacer tuvo que encontrar un establo fuera de Belén) hacia una pequeña colina denominada Gólgota, y fue clavado en una cruz, con dos ladrones, uno a su derecha y el otro a su izquierda. En aquella cruz, murió aquel hombre bueno. Se llamaba Jesús y era de Nazaret.

No hace falta mucho para ver que aquella muerte fue injusta. La muerte, por otra parte, nunca es justa, ni siquiera después de los más terribles crímenes; pero es fácil decir que la muerte de aquel hombre fue realmente injusta. No había hecho nada malo, y una vez dijo la gente "todo lo ha hecho bien" (Mc 7, 37). Quien escucha la narración de esta muerte con un poco de corazón se conmueve y se indigna: aquel hombre bueno debió sufrir mucho y morir en la cruz sólo porque había hablado del Evangelio y había dicho que era el Hijo de Dios. Al terminar la lectura de la "Passio", cada uno de nosotros siente aflicción y pesar, y tiene la tentación de decir: "yo no lo habría hecho", o de justificarse: "no soy Pilatos, no soy Herodes, ni siquiera soy Judas..."; además, se puede confesar la propia impotencia ante la vileza de Pilatos y la crueldad de los sumos sacerdotes. Pero también está Pedro; no es el peor de los discípulos; si no es el mejor, es sin duda el más importante, es el discípulo al que Jesús confió la mayor responsabilidad. Pedro tiene una gran idea de sí mismo, es orgulloso, incluso quisquilloso. Se ofende cuando Jesús le dice que lo traicionará: "Señor, estoy dispuesto a ir contigo hasta la cárcel y la muerte", responde. Pero basta una mujer para echar todo por los suelos. El encuentro con la mirada de Jesús le derrumbó: "El Señor se volvió y vio a Pedro, y recordó Pedro las palabras del Señor" (Lc 22, 62). Los cristianos, nosotros, no somos héroes; somos como todo el mundo; pero si nuestros ojos se cruzan con los ojos de aquel hombre que va a morir, también nosotros recordaremos las palabras del Señor y seremos liberados de nuestros miedos. Es la gracia de esta semana; poder estar junto a aquel hombre que sufre y que muere para poder cruzarnos con su mirada.



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