Estaba todavía hablando cuando se presentó un grupo; el llamado Judas, uno de los Doce, iba el primero, y se acercó a Jesús para darle un beso. Jesús le dijo: «¡Judas, con un beso entregas al Hijo del hombre!» Viendo los que estaban con él lo que iba a suceder, dijeron: «Señor, ¿herimos a espada?» Y uno de ellos hirió al siervo del Sumo Sacerdote y le llevó la oreja derecha. Pero Jesús dijo: «¡Dejad! ¡Basta ya!» Y tocando la oreja le curó. Dijo Jesús a los sumos sacerdotes, a los jefes de la guardia del Templo y a los ancianos que habían venido contra él: «¿Como contra un salteador habéis salido con espadas y palos? Estaba yo todos los días en el Templo con vosotros y no me pusisteis las manos encima; pero esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas.»
(Lc 22, 47-53)
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Cimabue
El beso de Judas
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Desarmado por opción, rechazando las armas, incluso las de uno que estaba con él, Jesús se dirige a los armados que han venido a prenderle con espadas y palos, como se va contra un salteador. La violencia se desata. No se puede negar, hay violencia en todo hombre. Cuanto más indefenso es un hombre, más se desata contra él la violencia y parece vencerlo. Hay momentos en la historia de los hombres, pero sobretodo de los pueblos, en que la violencia parece vencer. Hay momentos también en la historia de Jesús en que la violencia parece vencer. ¿No conviene responder con violencia?
“Esta es vuestra hora –dice Jesús- y el poder de las tinieblas”. Es la hora de la victoria de la violencia y del mal. Sin embargo, en los ojos y en el corazón de este hombre hay una fuerza profunda. Es la fuerza del que sabe que esta no es la última hora, que vendrá otra hora, no tan oscura, la hora que el Padre ha preparado. Sus ojos ven con la fe una hora diferente. Su corazón cree en una hora diferente, esa hora que los hombres no pueden garantizarle, que la espada no puede donarle, y que sólo Dios puede darle. En aquella hora las espadas callarán, los palos serán lanzados lejos y resplandecerá la luz de Dios. Pero ahora está oscuro. Es la hora del “poder de las tinieblas”. En esta hora, Jesús es un pequeño hombre solo y abandonado en manos de los armados. No se nos ha concedido saber lo que tiene en el corazón. Confiaba en el Señor como su única defensa. Quizá las palabras del salmo 34 pueden expresarlo: “Si grita el pobre, Yahvé lo escucha, y lo salva de todas sus angustias”.
Jesús esperaba que sus discípulos no se dispersaran durante su pasión, ante su arresto. Pero bien pronto –mientras estaba hablando- vio que la violencia les estaba dominando. No era solo el caso de Judas, uno de los Doce, que traicionó al Hijo del hombre con un beso. También y sobretodo eran los demás que le preguntaban: «Señor, ¿herimos a espada?». Al final, incluso, uno de ellos, sin esperar la respuesta, se llevó la oreja derecha del siervo del sumo sacerdote. Los discípulos no podían aceptar una renuncia tan clara al uso de la fuerza. No conseguían aceptar esa hora. No podían comprender por qué no habían rezado, no habían escuchado, por qué habían estado junto al Señor como si hubieran estado junto a sí mismos. Le habían seguido, habían estado cerca, pero, en el fondo, con el corazón estaban lejos.
Jesús dijo de nuevo: “¡Basta ya!”. Y, desde aquel momento, estuvo completamente en las manos de quienes habían venido a prenderle. Era una multitud de gente de Jerusalén: sacerdotes, jefes de los guardias del templo y ancianos. Habían venido con espadas y palos como se va contra un salteador. Tampoco ellos habían comprendido que Jesús nunca utilizaría la espada para defenderse. No habían comprendido que no habían debido ir a buscarle entre los olivos, como cuando se caza a un hombre que huye, con espadas y palos, como cuando se persigue a un salteador que se esconde. Jesús estaba en medio de ellos, en el templo, predicando, pero ellos habían venido a arrestarle de noche, como para prender a un bandido o a un violento, indefenso por el sueño. Pero le encontraron despierto y rezando, desarmado y hablando con sus discípulos.
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