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a cargo de
Francesca Zuccari

 

La amistad en la calle


Estación de Termini - Roma - Italia  

El primer compromiso de la Comunidad es el de ser para quien no tiene techo una presencia cercana y amigable, restituyendo a cada uno la dignidad de persona con los sencillos gestos del respeto y de la amistad. Todos los miembros de la Comunidad participan en esta solidaridad hacia quien vive en la calle a través de la ayuda parcial y episódica de la limosna, de la sonrisa, de la palabra.

La limosna, gesto notable en la vida cristiana, impide cerrar los ojos ante quien es necesitado: por este motivo nos humaniza y nos permite una relación personal, aunque sea breve y esporádica, con quien es pobre. La limosna es el signo más sencillo y menos comprometido de la solidaridad.

La condición de soledad y aislamiento es común a las personas sin techo: algunas veces es tan profunda que algunos, además de haber perdido todo contacto con la familia, mantienen escasísimas relaciones con el mundo que les rodea. Pararse, intercambiar algunas palabras con ellos, nos puede parecer poco en una vida rica de relaciones. En cambio, quien vive en la calle a menudo no tiene ocasión de hablar con nadie si no es para pedir ayuda - y a veces sin respuesta - y nunca es llamado por nadie por su nombre. El nombre representa la persona, su historia. Saludar, acto humano de civilización, presentarse, preguntar el nombre y decir el propio, rompen el desprecio que a menudo rodea a estas personas y son signo de respeto y de reconocimiento de su dignidad. Es la primera ayuda que podemos brindar a estos pobres: restituirles la dignidad de personas y la atención que se merecen, precisamente a causa de las duras condiciones en las que viven.


Yaoundé - Cameroun

Todos, cuando tienen alguna dificultad, necesitan que alguien les eche una mano: quien vive en la calle ha acumulado en su vida desilusiones y fracasos y se encuentra diariamente con problemas de difícil solución: problemas de supervivencia, de relación con los demás, de intolerancia del mundo que les rodea. Tener alguien a quien pedir ayuda y que sepa escuchar sin pensar que ya conoce la solución es tan raro como fundamental.

No es cierto que quien vive así ha perdido el deseo de tener una vida normal, pero la enorme cantidad de problemas que deben afrontar y la ausencia de apoyo provocan una resignada desesperación que a menudo se convierte en rechazo. La fidelidad en la amistad y la respetuosa búsqueda de soluciones concretas a los problemas de cada uno permite construir un futuro mejor, incluso en situaciones donde parece imposible un cambio.

El encuentro humano y la cercanía fiel y paciente, signo de la ternura de Dios para sus pequeños, permiten reconstruir relaciones significativas con personas que a causa del aislamiento prolongado no parecen, en un principio, aceptar de buen grado un contacto o una ayuda concreta.