Siempre he intentado no ser un peso para nadie. Aún menos para mis sobrinos, que ya tienen a sus hijos y a quienes di el piso donde vivía antes de venir aquí. Decidí dejarlo. ¿Qué habríais hecho vosotros?
Tengo 82 años. No soy muy vieja, pero ya no podía estar sola en casa. A veces me olvidaba de tomar los medicamentos, algunos días ya no podía ni salir para hacer la compra, y entonces tomé la decisión de ir a una residencia especializada para ancianos, para estar con otras personas de mi edad, simpáticas. Así lo tendría todo cubierto, no me faltaría nada, ni siquiera tendría que hacer la cama o cocinar y no molestaría a nadie.
Irme de mi casa no fue fácil. Una cosa es decirlo; otra es hacerlo. Pero al final lo logré. Durante un tiempo no podía dormir pensando en los muebles, la ropa, los platos, las fotografías de la pared, los olores, los ruidos y las cazuelas. Cuando tienes todo eso, parece algo normal, no le das importancia. Pero cuando ya no tienes tus cosas, te das cuenta, y mucho.
Aquí no me ha ido mal. La comida –digamos la verdad– no es de calidad, aunque a veces es aceptable. Limpian y en teoría hay un hermoso jardín. Digo en teoría, porque desde que llegué aquí mi salud ha empeorado un poco y no puedo salir al jardín si alguien no me acompaña. En definitiva, no me podría quejar si no fuera porque cuando estás aquí todo cambia. Lo que es normal se convierte en imposible. Ver para creer.
El tiempo. Al cabo de poco olvidas el día que es, porque todo es igual. Es como si no hubiera nada que esperar. Ni siquiera los programas de televisión, porque hay un televisor para muchas personas y cada cual querría mirar un programa distinto.
Las cosas. No costaría mucho comprar pilas de recambio para la radio, pañuelos de papel, zumos de fruta y una revista. No costaría mucho si estuviera fuera. Ahora todo eso me llega cuando, de vez en cuando, vienen a verme mis sobrinos. Pero viven lejos y no quiero ser un peso para ellos precisamente ahora.
Las gafas. Aquí todo es complicado, y no es culpa de nadie. Se ma rompieron las gafas porque cayeron de la mesita de noche. Y he tardado muchas semanas en encontrar a alguien que me acompañara a arreglarlas.
Pero lo que más empieza a preocuparme es que durante días e incluso semanas nadie me llama por mi nombre. Si nadie pronuncia tu nombre, puedes tener de todo, pero es como si te faltara el aire. ¿Terminaré por olvidarlo también yo?
Por eso me dije: tengo que reaccionar. ¿Qué es lo que todavía puedo hacer? Puedo ser una amiga. Una amiga fiel. Sí. Si queréis una amiga, venid a verme. Dispongo de tiempo y no me molestaréis. Me interesa lo que pasa en el mundo y me gustaría oír lo que explicáis, hablar con vosotros. Me dije: "Una hora de tiempo". El vuestro y el mío. Para hacernos amigos, para que alguien me tenga en cuenta. Para hacer frente a la soledad.
Ana.
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